- No tiene mínima actitud de trabajo -había estampado en el carné. Semejante juicio habría derivado en un buen correctivo si no fuera porque mi dolida adolescente contraatacó: - El que no tiene mínima actitud de trabajo es él.
Con atención escuché y comprendí las razones de Agustina. Sin duda su presencia en clase era holográfica. - Vos que sos hiperactiva, ma, sabés bien lo que es estar 50 minutos sentada mirando al profesor, sin hacer nada! Ella juzgaba su comportamiento como la máxima concesión que podía hacer a un profesor que no propiciaba respuestas más productivas. Así que armé mi artillería de razones para modificar una percepción que entendí, en gran medida, injusta.
Como si estuviéramos representando una comedia en tres actos, en el primero, llevé las de ganar. Mientras el profesor desgranaba conceptos poco convincentes, yo me fortalecía en el punto: estudiante abandonada a su suerte.
Pero las victorias son efímeras. Bien lo supe ese martes 5 de octubre. Cuando su impericia como docente estaba prácticamente demostrada, este señor metió la mano en el bolsillo y con cara de ganador del gordo de fin de año plantó un escandaloso frasco colorado sobre el escritorio.
- Acabo de sacárselo a su hija. Se estaba pintando las uñas.
Ilevantable, pensé. Esto es ilevantable. Y eso balbuceé con tono de derrota. Sin embargo alcancé a agregar: - Pero entonces... ¿qué le parece si miramos hacia adelante?
Para mi sorpresa, el profesor recibió con beneplácito la propuesta. El esmalte rojo sobre el escritorio, había marcado el empate.
Pasaron varios días y el partido más importante sigue jugándose. Yo no dejo de pensar en el gesto mezquino de ese señor. No sé si Gushi aprenderá a saludar en portugués, pero sé que tiene más razones para entender por qué por un clavo se perdió una herradura, por una herradura se perdió un caballo, por un caballo se perdió una batalla... :)